El jueves 8, con base en una ley de 1962 que permite tasar las importaciones si suponen «un riesgo para la seguridad nacional», Trump firmaba un aumento de los aranceles al acero y al aluminio de un 25% y un 10%, respectivamente. Solo unos días más tarde, Trump recurría a otra ley de hace décadas (ésta, de 1950, en plena paranoia anticomunista) para vetar la compra del fabricante de semiconductores y equipos de comunicación Qualcomm por la singapurense Broadcom, una operación de casi 100.000 millones de euros que pretende crear una de las mayores tecnológicas del mundo. En enero, ya había anunciado la implantación de aranceles para las placas solares y las lavadoras, un gesto orientado directamente hacia China.