Durante más de 20 años, Mary se cogió dos meses de vacaciones al año. Uno que le correspondía en su empresa y otro que pedía como excedencia. Los dos meses los necesitaba para ayudar en el negocio familiar, un hotel de una estrella en la localidad gallega de Sanxenxo. Así que en julio y agosto su jornada laboral, como la de sus compañeras, era un maratón que consistía en subir y bajar sábanas, subir y bajar camas supletorias, cargar el carro con los productos de limpieza y desplazarlo por el piso, limpiar las zonas nobles (barrer, fregar, limpiar el polvo) y hacer habitaciones: recoger el cuarto y ordenarlo, cambiar las camas, limpiar los baños. Tras esto, bajaba a la zona de lavandería con la ropa sucia, la metía en la lavadora y cuando estaba lista se desplazaba, ella y sus compañeras, a poner toda la ropa a secar antes de plancharla y doblarla para tenerla lista el día siguiente. Se levantaba a las siete de la mañana y terminaba de trabajar alrededor de las siete de la tarde.