Para el mexicano “ningún rincón del día es ajeno a las posibilidades del picante”, señala el escritor Juan Villoro. El gusto culinario por el chile va “de los huevos rancheros en el desayuno a los postres rociados de polvillo rojo en la cena, pasando por los cacahuates enchilados en el aperitivo del mediodía”, explica el autor en su libro Safari accidental (Joaquín Mortiz, 2005). Este condimento que incendia la boca de los extranjeros es imprescindible en la comida azteca y mientras más fogoso, mejor. “¡Está sabrosísimo!, dice el doliente a quien el chile le saca lagrimones”, explica Villoro. En la cultura del picante, abunda el cronista, el placer y el castigo son términos equivalentes. Incluso para algunas empresas, como La Costeña, explotar esa relación dramática se ha convertido en un negocio millonario.