Cuando la rápida expansión de la pandemia empujó, el 11 de marzo de 2020, a la Comunidad de Madrid a decretar la suspensión de toda actividad educativa presencial (y al Gobierno de España a aprobar un Estado de Alarma tres días después), nadie estaba preparado para lo que vendría. La interrupción de clases que iba a durar 15 días se convirtió en más de tres meses, y pilló a todos (profesores, alumnos, administraciones y familias) con el pie cambiado. La transformación digital era, hasta entonces, un objetivo a medio plazo que nadie negaba pero que se iba implantando a distintas velocidades, sin prisas. Hasta que apareció la covid-19.