Allá por los años 60 los españoles eran emigrantes que soñaban con abrir un bar. El ciclo vital de los jóvenes se interrumpía (a la fuerza, en España el destino laboral era incierto) para viajar a Alemania, volver con el dinero penosamente ahorrado y montar un local para servir vinos, pinchos de tortilla y los 2.000 tipos de café que se consumen en España. El cálculo del proyecto empresarial era fácil: coste de alquilar un espacio a pie de calle, más el coste de obra para montar una barra, más los suministros (vino, licor, cerveza etc). Coste de mano de obra, cero, porque para eso ya estaban el emigrante retornado, su mujer y hasta su parentela en diversos grados. Pequeños desembolsos iniciales para tasas y arbitrios y ya estaba el negocio en marcha. La tasa de mortalidad en el universo cafeteril así creado era muy elevada, pero el propietario entretenía sus afanes a la espera de encontrar un puesto de trabajo y, con el paso del tiempo, si el bar sobrevivía se convertía en segunda opción. En el imaginario inconsciente del español se mantiene una atracción atávica por el bar (un bar por cada 175 personas) y una inclinación irrefrenable hacia el comer fuera que funcionan como fuente de demanda.