El pollo industrial a precios bajos manda en España

Francia es el espejo en el que se miran los empresarios españoles, pero está muy lejos de su alcance. “Ellos defienden su mercado. Ojalá aquí supiéramos hacer lo mismo”, suspira desde la Federación Avícola catalana su presidente, Joan Antón Rafecas. El mismo kilo de carne de pollo al otro lado de los Pirineos puede costar un euro o más en los supermercados. Claro que, en el país donde el gallo es un símbolo nacional, el número de marcas de origen es innumerable frente a las escasísimas etiquetas españolas (están reconocidas las denominaciones de origen del Pollo y Capón del Prat, el Gallo del Penedés y el Pollo del Caserío vasco). Cuestión de arraigo en la sociedad. Porque a su vez, los granjeros galos gozan de un gran peso frente a la existencia en España de dos mundos muy diferenciados (por un lado la gran industria integrada verticalmente y mayoritaria y, por otro, los escasos productores locales independientes).

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