En la multinacional donde María trabaja como auditora, uno sabe cuándo entra pero nunca cuándo sale. “El horario oficial es de 9.00 a 19.00, pero es muy raro que te puedas ir a tu hora”, asegura. Lo habitual, explica esta mujer de 30 años que prefiere no dar su nombre real, es que hasta las 20.00 nadie se levante de su sitio. Algo extraordinario en Alemania o Francia, pero normal en un país donde las jornadas laborales se extienden hasta lo inverosímil entre polémica y resignación. El problema está tan vivo que el pasado lunes la ministra de Empleo, Fátima Báñez, propuso un pacto para que la jornada laboral acabe a las 18.00.