A menudo el ahorro de costes en la contratación de trabajadores se convierte en un quebradero de cabeza para las empresas. Decía Benjamin Franklin que “un centavo ahorrado es un centavo ganado”, y parece que la gestión de la mano de obra no escapa de la sentencia del padre fundador. Pero cuando a la misión de reducir el gasto empresarial se suma la de incrementar la satisfacción de los trabajadores, los sistemas de retribución ordinarios quedan obsoletos, y debe apelarse entonces también al ingenio.